Cuando la noche parece no terminar, cuando las luces del mundo se apagan una tras otra y el ruido de las certezas se desploma en el silencio, es entonces cuando aparece la antorcha. No viene del sistema, no está encendida por manos que buscan consenso, no pertenece a quienes dominan el día. La antorcha de la última noche arde en quien no se ha doblado, en quien ha atravesado la oscuridad sin vender su alma, en quien ha aprendido a ver incluso sin luz. No ilumina a las multitudes distraídas, sino que guía a los pocos que velan. No promete atajos, pero revela el camino que siempre estuvo ahí. Es una luz viva, que no ciega sino que despierta, no impone sino que llama, no conquista sino que transforma. Y cuando llegue el alba, no será el sol el que sorprenda al mundo, sino el hecho de que esa antorcha nunca se ha apagado. Quien la lleva no busca aplausos, no busca tronos, no busca reconocimiento. Porque sabe. Sabe que en la última noche no se trata de vencer, sino de permanecer encendidos. Y quien permanece encendido se convierte en alba.
