El ocaso de un rey sin reino
En el corazón de un desierto sin fin,
Se sienta solo, en un trono de arena, el rey caído,
Gobernante de un reino que ya no existe,
Bajo un cielo vacío, sin estrellas,
“El ocaso de un rey sin reino”, el eco de su fin.
Una vez brilló, luz orgullosa entre los ángeles,
Pero el orgullo lo arrastró a profundidades oscuras,
Ahora señor de la nada, en un reino de desolación,
Donde el viento susurra canciones de poder desaparecido.
A su alrededor sólo arena, un testigo silencioso.
De grandeza perdida y sueños rotos,
Cada grano, un recordatorio de su fracaso,
Cada soplo de viento, un lamento por lo que fue.
Y sus, una vez fieles seguidores en la rebelión,
Abandonan la sombra de su locura,
Paso a paso, hacia la luz del perdón,
Dejándolo contemplar el abismo de su soledad.
No hay arrepentimientos en su corazón sombrío,
No hay oraciones en sus labios de ceniza,
Sólo el silencio, fiel compañero del atardecer,
Mientras el trono de arena se disuelve lentamente.
“El ocaso de un rey sin reino”, susurra el viento,
Una melodía que habla del fin del orgullo,
La caída de aquellos que desafiaron al cielo,
Y encontró refugio en la noche eterna de su alma oscura.
