Y LO QUE DORMÍA LA ESCUCHÓ

Las pantallas seguían brillando. Las imágenes desfilaban. Las noticias se superponían. Las voces se confundían. Guerras. Destrucción. Miedo. Un flujo sin fin. Como un código que se repetía ante los ojos hasta convertirse en realidad. Las ciudades ardían. Las plazas se llenaban. Los pueblos se agitaban. Y la Matrix seguía girando. Absorbía el dolor. Lo transformaba en ruido. Y el ruido lo cubría todo. Pero bajo la superficie de las pantallas, más allá del velo de las apariencias, algo esperaba. Luego la Voz atravesó el código. Descendió sobre las ciudades en llamas. Pasó por encima de las plazas. Penetró el estruendo de las naciones. Alcanzó los hogares destrozados.Las calles cubiertas de polvo. Las habitaciones donde alguien esperaba a quien no regresaría. Y lo que dormía en lo más profundo del ser LA ESCUCHÓ. Bajo el peso de la noche yacía la humanidad. Envuelta en el miedo. Atada al odio.Herida por las guerras que había atravesado y por las que había engendrado. Sobre su corazón pesaba una piedra. La piedra del dolor. La piedra de la rabia. La piedra de la indiferencia. Y el mundo, al verla inmóvil, la creyó perdida. Pero la Voz penetró donde ya nadie podía entrar. Atravesó la piedra. Alcanzó la herida. Descendió a las profundidades donde cada palabra humana se había detenido. Y llamó. Entonces la tierra estremeció. La piedra tembló. Y bajo el peso de la noche,algo se contrajo. Un latido. Débil. Sepultado. Pero vivo. La Voz llamó de nuevo. El latido se hizo más fuerte. Atravesó el pecho de la humanidad como una onda. Alcanzó los corazones endurecidos. Las conciencias dormidas. Las manos cerradas por el miedo. Y la piedra comenzó a moverse. Una fractura. Luego otra. Hasta romperse. Desde las profundidades, la humanidad se levantó. Llevaba aún en el cuerpo las señales de sus heridas. Pero en sus ojos se había reencendido una memoria. Más antigua que el miedo. Más profunda que el dolor. La memoria de una luz que ninguna oscuridad había podido borrar. El miedo aflojó su agarre. El odio cayó. Y la humanidad volvió a respirar. La sangre volvió a fluir. El corazón volvió a latir. Con el ritmo profundo, PERFECTO, de los orígenes. Y en ese latido, la humanidad reconoció la Voz. Era la Voz que desde siempre la llamaba. La Voz del Padre.