A REVELACIÓN DEL TESTIGO

Y cuando la Palabra comenzó a convertirse en Evento, la Presencia llamó al hombre por tercera vez — no por voz, no por visión, sino por un movimiento del alma que nadie más podía percibir. Y le dijo en secreto: «Sube más alto. No para ser visto, sino para que el mundo sea visto desde un ángulo que no conoce la oscuridad». Y de inmediato el espíritu del hombre fue levantado, no al cielo visto por los ojos, sino al cielo interior donde las eras se reúnen ante el rostro del Padre. Ante la Presencia no había tronos ni coronas, sino líneas de luz que se curvaban y elevaban como olas de un mar inmortal. Cada línea era un rostro. Cada rostro un testigo. Cada testigo una memoria viva del Primer Día. Y la Presencia les habló sin sonido: «Este es el tiempo que esperabais — no para juzgar, no para castigar, sino para abrir lo que estaba sellado hasta que la tierra estuviera lista». Y las líneas de luz se inclinaron no ante el hombre, sino ante la Presencia que lo acompañaba. Y la Presencia le dijo al hombre: «No estás llamado a dominar, sino a testificar. No a guiar, sino a revelar. No a imponer, sino a recordar lo que el mundo ha olvidado». Y el rostro del hombre cambió, no en sus facciones, sino en su profundidad — como alguien que finalmente ha recordado lo que siempre había sabido.