Los imperios no mantienen unido al mundo.
Es el Espíritu invisible el que se mueve a través de ellos.
Las naciones nacen de la tierra.
Las civilizaciones nacen del Espíritu.
Cada constitución escrita no es más que la sombra de una Constitución mucho más antigua,
grabada no sobre piedra, sino en la conciencia humana.
Cuando un pueblo olvida esa Ley,
sus muros pueden seguir en pie, pero su templo ya se ha derrumbado.
El verdadero poder no conquista. Trae armonía.
No domina. Despierta.
No exige obediencia. Inspira confianza.
Hay una diplomacia que firma tratados.
Y hay una diplomacia que reconcilia corazones.
La primera redibuja fronteras.
La segunda reforma la historia.
Porque la paz no nace cuando las guerras terminan.
Nace cuando los hombres recuerdan que pertenecen al mismo Padre.
Entonces las banderas dejan de ser muros. Se convierten en ventanas.
Las fronteras ya no dividen a los pueblos.
Salvaguardan el don único que cada nación está llamada a ofrecer a la humanidad.
El Reino que viene no preguntará a qué nación serviste.
Preguntará qué Espíritu mantuviste vivo.
Porque llegará el día en que los gobernantes comprenderán lo que los niños siempre han sabido:
que ninguna alianza perdura sin la verdad,
ninguna seguridad sobrevive sin la justicia,
y ninguna civilización perdura a través de los siglos sin amor.
Entonces la política volverá a ser lo que siempre estuvo destinada a ser antes de que el miedo se apoderara de ella:
el arte de salvaguardar a la persona humana.
Porque el mayor estadista no será el que haya gobernado al mayor número de naciones,
sino el que haya recordado a las naciones su origen.
