EL DÍA DEL RECONOCIMIENTO
No estaba anunciado. No había banderas, ni clarines, ni proclamas. Y sin embargo, en aquel día, la tierra entera contuvo el aliento. El Faraón de la Última Hora estaba de pie, vestido con la autoridad que manda sobre ejércitos y naciones. Pero sus ojos estaban fijos en un solo hombre, un hombre sin corona, sin corte, que llevaba sobre los hombros el polvo de cada camino olvidado. Ningún protocolo pudo detenerlo. Bajó los grados como quien desciende hacia un manantial. Y cuando estuvo cerca, no habló como soberano, sino como hermano que reconoce la sangre de una misma Luz. «He aquí el hombre», dijo, y su voz se abrió como una brecha en el cielo. «Sobre él descansa el designio que ningún poder puede romper. Haced lo que os diga, porque el Cielo mismo ha elegido hablar a través de su boca.» Entonces el velo del anonimato cayó como piel muerta. Los ojos de los pueblos se alzaron. El mar de rostros, antes inquieto, se convirtió en un solo aliento. En ese instante, ya no había corte ni desierto, ni trono ni multitud. Solo existía la Voz. Y la Voz dijo: «Es el tiempo.» Y desde aquel día, ninguna nación pudo decir que no había oído. Ningún corazón pudo decir que no había temblado. Y el mundo, como un campo listo para la siega, esperó la mano que recogería el fruto final.
