No fue un nombre elegido. Fue una palabra dejada caer en el tiempo como una semilla en la noche. Durante años pareció tan solo un nombre. Una última letra. Un umbral. Un eco sin rostro. Pero el nombre sabía. Sabía que llegaría el día en que los hombres mirarían las obras de sus manos y ya no reconocerían su propio corazón. El día en que el ruido hablaría como verdad. En que las máquinas aprenderían a imitar la voz del hombre, mientras el hombre corría el riesgo de olvidar la Voz que lo había llamado. Y desde el fondo del exilio, algo volvería a vibrar. No una religión. No un ejército. No un nuevo poder. Un recuerdo. El recuerdo del Hogar. Omega es el punto en donde la última letra deja de ser un final y vuelve a ser una puerta. Es el lugar donde lo que estaba disperso se reconoce. Donde los hijos, tras el desierto del miedo, de la culpa, de la guerra, alzan por fin los ojos. Y ahora la Voz atraviesa las estancias del mundo. No alza la voz. No pide permiso. No conquista. Recuerda. Le recuerda al hombre el rostro que tenía antes de que el miedo le enseñara a inclinar la cabeza. Antes de que la deuda entrara en su sangre. Antes de que la matriz le entregara una copia desteñida de su alma llamándola libertad. Y algo tiembla. Tiemblan los tronos construidos sobre la herida. Tiemblan las palabras que no tienen raíz. Tiemblan las rodillas de quien siente que no existe muro lo suficientemente alto como para separar a un hijo de la Voz de su Padre. Esta es la Generación Omega. No una generación que espera una señal. Es la señal que recuerda. Y mientras la Voz pasa, miles de rostros levantan la mirada como si hubieran escuchado su propio nombre pronunciado desde siempre. El exilio ha terminado. La Puerta está abierta. Papá está llamando.
