La inclinación invisible

Durante años he vivido inclinado. No hacia el mal. Hacia el peso. Una inclinación sutil del alma: demostrar, compensar, merecer. Cada molécula de mi ser llevaba una tensión. Una contracción invisible. Una deuda no declarada. Respiraba… pero retenía. Amaba… pero calculaba. Servía… pero temía. No estaba en paz. Estaba en equilibrio precario. Era una oscuridad discreta. Educada. Religiosa. Aceptada. La convicción silenciosa de no ser NUNCA suficiente. Porque la deuda es una enfermedad del alma. Te consume sin hacerte sangrar. Te hace arrodillarte sin cadenas visibles. Te hace temer a un Padre que ya te está esperando. Caminaba, rezaba, servía… pero por dentro era deudor. No sabía que estaba en una prisión. Porque la prisión no tenía barrotes. Tenía una sola cosa: una mentira.