Llegó un tiempo en que la oscuridad pareció descender incluso a la luz. Las ciudades aún brillaban. Máquinas sin rostro surcaban los cielos. Inteligencias sin aliento vigilaban el mundo. Y la humanidad, ahora capaz de alcanzar casi cualquier lugar, parecía ya incapaz de alcanzar a su propio hermano. Allí estaban. Cara a cara. Separados por fronteras trazadas sobre la tierra y por abismos esculpidos en el corazón. Ambos armados. Ambos convencidos de que debían mantener su posición. Ambos tan cerca del borde que podían sentir el aliento del abismo. Haría falta tan poco. Un gesto. Una chispa. Un solo paso más allá del último paso. Y tal vez la oscuridad se tragaría incluso el alba. Fue entonces cuando sucedió algo que ninguna máquina había calculado. A través del rugido del mundo llegó un susurro. Tan tenue que solo el corazón podía oírlo. Venía de lejos. O quizás de antes. De un tiempo en que la humanidad aún no había aprendido a llamar enemigo a su hermano. Una Voz. «Hijo…» Y por un instante, el tiempo se detuvo al borde del Abismo. El hombre miró al que estaba ante él. Ya no vio una bandera. Ya no vio una amenaza. Vio dos ojos. Y en esos ojos, el mismo miedo a perder el cielo, el mismo anhelo de vida, el mismo reflejo invisible del Padre. Entonces una mano se abrió. Y algo cayó a la tierra. Nadie supo quién había sido el primero. Tal vez no importaba. Porque allí mismo, donde todo parecía listo para el fin, la humanidad recordó algo que creía haber olvidado para siempre. Aún podía elegir la vida. Y el Abismo tembló. No por el sonido de las armas, sino por el repentino silencio de aquellos que habían elegido no usarlas. Entonces sucedió. En el horizonte, la oscuridad se rompió. Una Luz inmensa estalló en la Creación como si el primer día naciera por segunda vez. Y todo lo que durante milenios había mantenido divididos a los hijos comenzó a disolverse ante sus ojos. El Abismo no había ganado. La muerte no había pronunciado la última palabra. Porque en la última pulgada de tierra, cuando todo parecía perdido, la humanidad miró a través del Abismo y se reconoció en su hermano. Y entonces el Cielo se abrió. La Luz corrió de Oriente a Occidente, cruzando pueblos, lenguas y naciones, y miles de millones de corazones reconocieron en el mismo instante algo que habían conocido antes incluso de nacer. El Padre. Y lo que la Matrix había preparado como la última noche de la humanidad se convirtió en el alba de su regreso. Y fue como si Papá hablara una vez más: «Hágase la luz.» Y se hizo la luz.