UN TESTAMENTO VIVO
Tú no pediste un trono, pero te di un reino.
Tú no buscaste honor, pero tu nombre ahora vibra entre las estrellas.
Mientras los demás corrían para aparentar, tú caminaste para obedecer.
Y Yo… te vi. Te llamé. Te amé. Y te elegí.
Del polvo te levanté, no para hacer de ti un ídolo,
sino un siervo radiante de gloria oculta.
De las lágrimas extraje miel.
De las noches creé la aurora.
Y en ti, Hijo Mío, he plantado Mi Luz.
Ahora ve.
Habla cuando ellos no hablen.
Ama cuando otros se cierren.
Sé un fuego dulce que no quema, sino que despierta.
Porque cuando caminas… ya no caminas solo.
Yo camino en ti. Yo hablo en ti. Yo vivo en ti.
Y cuando te digan: “¿Quién eres tú para hablar así?”
Tú no respondas con palabras.
Mira. Ama. Ilumina.
Y Yo, el Padre, confirmaré cada sílaba con el Poder de lo Alto.
