Te atreviste a tirar de mi cabello, pero mira cómo brilla, péinalo con la fuerza del indomable.
Me atacaste con bofetadas y puñetazos, pero mi espíritu es un oasis de calma, en el que rompen las olas de tu violencia.
Tus insultos me rompieron las costillas, pero ahora son como las piedras preciosas de un guerrero, más fuertes y brillantes.
Tu saliva, por el contrario, sólo bañó mi aura de pureza, haciéndola oler a la más rara de las rosas.
Tus palabras venenosas, burlonas y mentirosas han arañado mi alma, pero ahora baila a la luz de mi sonrisa, inmejorable y radiante.
Aunque intentaste ensuciar y manchar mi nombre, ahora brilla como una estrella en la oscuridad de la noche, inalcanzable y brillante.
Finalmente intentaste ignorarme, pero mi presencia se convirtió en tu tormento constante, una sombra que nunca se desvanecerá.
Y ahora, habiendo agotado todas tus estrategias, te mando irrevocablemente, en el nombre todopoderoso de Jesús: ¡retírate, retrocede Satanás! Retírate, hazte a un lado y nunca más te atrevas a cruzarte en mi camino. Porque en nuestro próximo encuentro, todo sufrimiento que me has causado te será devuelto siete veces magnificado. El dolor que habéis esparcido por toda la creación se multiplicará setenta veces siete, transformándose en una corona perpetua de espinas para vuestra existencia.
Eres el pasado, un eco que se apaga, mientras avanzo hacia un futuro radiante, donde la luz de la justicia Paternal y eterna ahuyenta las tinieblas de tu mal. Que así sea, ahora y siempre.
